El principal combustible del cuerpo humano son los hidratos de carbono (HC). En dietas muy bajas en HC se producen cetonas, las cuales pueden utilizarse como fuente de energía cuando no hay suficientes hidratos de carbono disponibles.
Las dietas cetogénicas son aquellas que aportan menos de 50 g de HC al día y están muy de moda, pero… ¿qué nos dice la ciencia sobre que sean tan extraordinarias? El uso de las dietas cetogénicas a corto plazo ha demostrado ser beneficioso, principalmente porque promueven la pérdida de peso, lo cual se relaciona con una menor resistencia a la insulina y con mejores niveles de presión arterial, colesterol y triglicéridos (TG).
Entonces… ¿son la panacea? Realmente no. Más bien son una estrategia, una estrategia más para disminuir el consumo de kilocalorías. Al consumirse una mayor cantidad de grasas, se produce un mayor efecto saciante, por lo que se tiende a comer menos y, además, puede aumentar de forma momentánea el gasto energético.
Pero aquí viene lo importante… ¿qué pasa a largo plazo? Asociaciones científicas como la SEEN o la ADA no recomiendan este tipo de dietas, sobre todo porque no se dispone de suficiente información sobre su seguridad. Incluso publicaciones científicas en revistas importantes desaconsejan su uso prolongado, ya que puede resultar peligroso.
Entre los posibles efectos secundarios destacan las migrañas, la fatiga, la irritabilidad, el estreñimiento, el aumento del riesgo de osteoporosis, la elevación de los niveles de ácido úrico y, por tanto, un mayor riesgo de padecer gota, así como posibles deficiencias nutricionales. Además, pueden aparecer problemas a nivel de salud mental, ya que son dietas muy difíciles de seguir.
Así que, con la información actual sobre las dietas cetogénicas, en ningún caso se recomienda su uso a largo plazo, no solo porque no han demostrado ser mejores que otras dietas con restricción calórica, sino porque además pueden ser peligrosas.